LA GACETA SIDERAL
Boletín No Oficial de Ciencia y Administración Pública
ADMINISTRACIÓN PÚBLICA: ENTRE LA PARADOJA DE RUSSELL Y EL PRINCIPIO DE SAN MATEO


Russell's paradox and Saint Matthew's principle in Public Administration

What is really Public Administration? (an approach from Science)



Sospechas de Auto-justificación
 

Desde que el sabio griego Epiménides (s. VI a. C.) manifestara solemnemente, tras varios años de estudio y reflexión, que “todos los griegos son unos mentirosos”, algún tipo de desconcierto se ha adueñado de todos cuantos han puesto su atención sobre este aforismo. 

De hecho, la rotundidad de la afirmación ha proyectado una sombra de duda, de raíz, sobre toda la civilización occidental, que ha visto desarrollar su cultura sobre bases y conceptos sentados por el pensamiento griego clásico.

De una forma más concreta, el desconcierto y la perplejidad surgen cuando se trata de discernir el auténtico sentido de este aforismo: si Epiménides dijo la verdad, entonces era un griego que no era un mentiroso, lo que es una contradicción manifiesta con su aforismo. Si, por el contrario, Epiménides mintió, su aforismo estaría afectado por la mentira y no sería cierto… Desde Epiménides, este tipo de paradojas auto-referenciales, en las que el sujeto que las realiza está incluido en el objeto y predicado de las mismas, han sido tan estudiadas como utilizadas, dado el desconcierto y desasosiego que introducen.

Pero, si cualquier manifestación auto-referencial está abonada al desconcierto y la perplejidad, cuando se trata de un análisis auto-referencial de funcionarios (es decir, de funcionarios analizando la función pública), más que a la perplejidad, lo que se diga va a estar, de antemano, condenado a la sospecha. A la sospecha de que, una vez más, se van a reproducir manidas justificaciones de la necesidad de mantener un régimen que acostumbra a percibirse como un conjunto de privilegios y canonjías. Espero que, al finalizar la lectura de este artículo, esa sospecha no se haya visto confirmada.

 

La Paradoja de Russell

Por los datos de que disponemos, el eremita Pablo de Venecia (1372-1420) fue uno de los que con más intensidad se esforzó en desentrañar el aforismo de Epiménides.

Según parece, tras más de 20 años de retiro y aislamiento en el Desierto del Sinaí, volvió, pertrechado con 14 posibles soluciones al Aforismo, a una Venecia que bullía con las primeras recuperaciones del pensamiento clásico. Pero, antes de que pudiera exponer públicamente sus conclusiones, Pablo hubo de acudir a recibir el legado de sus fallecidos padres. Para su espanto, dentro del legado familiar se encontraba un relato sobre los verdaderos orígenes de su familia, que él hasta ese momento desconocía. Y, he aquí, caprichoso destino, que él mismo no era veneciano, sino que había nacido en Creta, y que toda su familia tenía el mismo origen. ¡O sea, que era griego!, ¡él era griego!. Eso cambiaba radicalmente toda su percepción, sus análisis y sus 14 soluciones. ¡Todas sus conclusiones debían ser revisadas!... Pablo se sumió entonces en una profunda depresión, de la que sólo pudo recuperarse cuando consiguió superar su obsesión por Epiménides. (Es un hecho históricamente contrastado que, superado este amargo trance, llegó a ser Vicario General de la Orden de los Ermitaños de San Agustín).

Después de Pablo de Venecia, han sido muchos los que han vuelto su atención, por motivos diversos, sobre este aforismo de  Epiménides. De hecho, según me comentó hace unos días en Bruselas uno de los veteranos de los pasillos del Justus Lipsius, tan sólo unas semanas atrás, un conocido Comisario de la Unión con responsabilidades económicas había pedido a su equipo que le buscaran una revisión actualizada del sentido de la sentencia de Epiménides, cuando había tenido que enfrentarse con los presupuestos y previsiones de déficit y deuda presentados por el gobierno griego.

Uno de los personajes más relevantes que en la historia reciente ha abordado esta cuestión, en un entorno de validación matemática, fue Bertrand Rusell (1872-1970)[1].

En su gran obra “Principios de las Matemáticas” (Russell y Whitehead, 1902), Bertrand Russell buscó llevar los principios y reglas matemáticos al análisis de la lógica y la filosofía, y viceversa. Así, entre otras cuestiones, se ocupó del análisis lógico de la teoría de conjuntos, en un momento en que la teoría de conjuntos (Frege y Cantor) entraba en escena con inusitada fuerza, desplazando a buena parte de la matemática anterior. En su revisión crítica de la teoría de conjuntos, Russell formuló la paradoja que ha pasado a la posteridad como “Paradoja de Russell”, y que él mismo, con un encomiable afán divulgador, explicó como la “Paradoja del Barbero”. Personalmente, creo que si Bertrand Russell hubiera tenido que divulgarla hoy, la habría denominado, más probablemente, “Paradoja del Funcionario Español”.

La Paradoja de Russell pone de manifiesto cómo un conjunto de elementos (de sillas, de ecuaciones matemáticas, o de funcionarios), al mismo tiempo se contiene y no se contiene a sí mismo[2]. Para su mejor divulgación, como hemos dicho, el propio Russell describió la paradoja en términos más fáciles, es decir, menos abstractos: es la Paradoja del Barbero, que antes hemos anunciado. A saber:

En un antiguo emirato había una notable carencia de barberos, por lo que el emir ordenó “que los barberos sólo afeitaran a aquellas personas que no pudieran hacerlo por sí mismas”.  Sin embargo, en un pequeño y alejado poblado del emirato, sólo había un barbero, que al conocer el mandato de su soberano, dirigió a éste una misiva, exponiéndole su paradójica situación: 

 

-“En mi pueblo soy el único barbero. No puedo afeitar al barbero de mi pueblo (que soy yo), ya que si lo hago, entonces puedo afeitarme por mí mismo y, por lo tanto, no debo de afeitarme, siguiendo el mandato de mi emir. Pero, si no me afeito, entonces algún barbero debería afeitarme,  y eso es imposible, ya que yo soy el único barbero de allí”.

  

El emir pensó que los pensamientos del barbero eran tan profundos que merecían una recompensa, premiándole con la mano de la más bella y virtuosa de sus hijas. Así, el barbero vivió para siempre feliz.

Conociendo el pensamiento de Bertrand Russell, su actitud ante el poder, su defensa de lo que hoy llamaríamos “igualdad de género” y sus ideas sobre la conquista de la felicidad, es evidente que en su representación de la paradoja había elementos provocativos, que buscaban una reflexión en el lector sobre estas cuestiones; pero, sin perjuicio de todo ello, la paradoja ilustra bien la perplejidad del barbero que, en su esfuerzo por acatar los mandatos de su emir, resulta que, al mismo tiempo, está y no está dentro del conjunto de los que pueden acatar sus órdenes. 

No piensen mal. Con esta paradoja no he buscado traer a su pensamiento ninguna similitud con situaciones conocidas; lejos de mí el querer evocar la perplejidad que en ocasiones nos provocan las instrucciones de “nuestros emires”. Así que, si han pensado que era ése el sentido de la paradoja, considérense incluidos en un “conjunto singular”; yo puedo asegurar que la explicación estaba dirigida, exclusivamente, a integrantes de “conjuntos normales” (claro que, según la paradoja, esos conjuntos tal vez no existan).  

Piensen bien. Lo habitual en España es que los funcionarios se consideren a sí mismos, aleatoria y simultáneamente, como integrantes y como no integrantes del colectivo de los funcionarios. Nada más frecuente que oír a un médico de nuestro sistema público de salud enalteciendo su trabajo profesional y, al mismo tiempo, criticando duramente a los funcionarios, como si el tema no fuera con él; lo mismo a un profesor de universidad, o a un maestro; o a un diplomático o un abogado del Estado; o a un bombero o un policía… En el imaginario colectivo, estas profesiones se asocian con elementos altamente valorados (entrega, dedicación, estatus social, conocimientos, valor ciudadano, etc.), mientras que para el término genérico “funcionario” la imagen que prevalece es la tópica: la del tópico literario de Galdós y la del tópico gráfico de las viñetas de Forges. Las referencias al “servicio público”, de los que, en ocasiones, se atreven a definirse a sí mismos como funcionarios, se suelen percibir socialmente más bien como una especie de auto-justificación, lo que refuerza los recelos de los empleados públicos a incluirse y definirse dentro del colectivo funcionarial. Es, por tanto, a esta forma tan habitual de ser y no ser funcionario, al mismo tiempo, o de serlo dubitativamente –como el barbero del emir-, a la que creo que le resulta de aplicación la “Paradoja de Russell”.

Pero, si nos quedásemos aquí, poco –más bien nada- habríamos avanzado en la determinación de características relevantes de los funcionarios públicos españoles y de su relación con las distintas Administraciones públicas en las que prestan servicio. Es necesario, reconociendo de entrada esta paradoja de la dificultad de auto-identificación de muchos funcionarios,  tratar de definir algo más de nuestra naturaleza como servidores públicos y, lo que me parece más importante, tratar de avanzar algún pronóstico sobre cuál puede ser nuestra suerte futura. A ello dedico los próximos apartados.

 

Algunas Consideraciones Metodológicas

Podemos avanzar, de entrada, que para acotar la cuestión que trato de analizar, hay que partir del hecho de que el conjunto o colectivo de empleados públicos es una realidad abierta y compleja, alejada del equilibrio, constituida por distintos subsistemas y en continua interacción con su entorno, administrativo, político y social. Cada cuerpo o escala de funcionarios públicos es el resultado de una historia y una evolución pasadas y tiene, delante suyo en el tiempo, una sucesión que seguir e, idealmente, un clímax al que llegar (tomo prestados de la ecología los términos “sucesión” y “clímax”). Que esa posible vía de crecimiento y desarrollo futuro se haga o no realidad, dependerá de la capacidad que internamente desarrollen los empleados públicos para captar y transformar la energía e información del medio (sociedad) en el que se desenvuelven. Especialmente, de su capacidad para desarrollar formas de cooperación que permitan tolerar y adaptarse a los flujos de perturbaciones externas. 

Admitimos como hipótesis que, como en los modelos de adaptabilidad de las especies biológicas, el éxito de la “especie funcionarial” ha de pasar por una maximización del flujo de “información metabólica” (información interna) de la que se nutre; para lo que hace falta que se den, al menos, tres características en los sujetos integrantes de la especie: vivir lo suficiente (y con ello, capacidad de aprender, de tener memoria, de almacenar cierta información); tener un componente aleatorio en el comportamiento (de origen interno o provocado por factores externos) que permita la exploración de nuevas actividades (y con ello, la posibilidad de que surja la innovación); y, finalmente, desarrollar la habilidad y la capacidad de comunicar, transmitir y recibir información operativa con los demás sujetos de su especie.

Bueno, me temo que llegados a este punto alguno de los lectores se estará preguntando: ¿pero de qué nos están hablando?. Trataré de responder a esa pregunta antes de seguir avanzando.

Antes que nada, aclarar que para estas disgresiones me apoyo en teorías como la Teoría General de Sistemas, la Teoría de la Información y la Teoría de los flujos de energía en los ecosistemas. Dicho de una forma más general, me apoyo en las Leyes de la Termodinámica. Expondré a continuación algunos elementos de cada una de estas grandes teorías.

Planteada inicialmente por el biólogo austriaco Ludwig Von Bertalanffy en 1945, la Teoría General de Sistemas es una construcción teórica que trata de los principios y leyes que pueden ser de aplicación a toda clase de sistemas, en cualquier rama científica, y que trata de formalizar matemáticamente las correspondientes relaciones y funciones isomórficas. Su transversalidad, fomenta que las funciones constatadas en sistemas de una disciplina puedan servir de base o de referencia para la formulación de las relaciones existentes en otros sistemas diferentes, fomentando la interdisciplinariedad y propiciando conclusiones cada vez más sintéticas y generales. De esta forma, la Teoría General de Sistemas estimula también el desarrollo y formulación de modelos matemáticos en aquellas disciplinas que carecen de ellos.

Por su parte, la teoría de la información (teoría matemática de la información) tiene su referente en el ingeniero de telecomunicaciones Claude E. Shannon y en sus trabajos, durante la segunda guerra mundial, para descifrar los códigos mediante los que se comunicaban los ejércitos del “Eje”. Posteriormente, en 1949, propuso una fórmula[3] que permite medir la cantidad máxima de información que, en un medio dado, puede transmitirse desde un emisor a uno o varios receptores.

Pronto, algunos físicos observaron la similitud de esta fórmula (Índice de Shannon) con las empleadas por el físico austríaco Ludvig Boltzmann (1844-1906) en la formulación de la entropía dentro de las leyes de la termodinámica (leyes que, en esencia, describen la conservación e intercambio de energía entre sistemas físicos).  En su descripción más sencilla, puede decirse que la entropía es una medida del desorden o del azar de un sistema cerrado. (Así, si pensásemos en la aplicación de la fórmula antes expuesta a la distribución de las partículas de un gas, veríamos que la entropía –el grado de desorden- estaría en función de las probabilidades de encontrar en un espacio y tiempo limitados a cada una de esas partículas).

Una vez asimilada la semejanza entre la medición de la entropía y la transferencia de información en la comunicación, el Índice de Shannon ha pasado a utilizarse rápidamente para medir la información de diversos sistemas, físicos, químicos, biológicos y de otras naturalezas (financieros, económicos, sociales).

Un paso crítico en estas aplicaciones de la teoría de la información y del Índice de Shannon fue el realizado por el gran ecólogo catalán Ramón Margalef (1919-2004), -cuyas clases en el Aula 7 de la antigua Facultad de Biología en la Plaza Universidad de Barcelona vienen ahora a mi memoria-, al proponer la utilización de los sistemas de medida de la información desarrollados por la teoría de la comunicación como un instrumentos para la medida de la diversidad (biodiversidad) en los ecosistemas, dada la similitud predicable entre los sistemas de comunicación y los sistemas ecológicos: las especies se pueden tomar como equivalentes a los símbolos, y las abundancias relativas de los organismos resultan equivalentes a las probabilidades que tiene cada uno de los símbolos de ser elegidos.

La propuesta resultó excelente, ya que, en lo que a los ecosistemas se refiere, la diversidad (biodiversidad) es una característica estrechamente ligada con el nivel de organización.  De esta forma, y con el desarrollo de la Teoría Ecológica de la Información, a partir de los trabajos de Margalef y de la Escuela de Barcelona, los conceptos “información”, “entropía” y “diversidad” se han hecho en gran medida intercambiables (peligrosamente intercambiables, para algunos biólogos que consideran que se produce una confusión entre los conceptos en sí y el instrumento matemático que se emplea para medirlos), y están entre los de uso más habitual en los medios científicos y para-científicos de nuestro tiempo.

Cuando un ecosistema tiene una capacidad adecuada para captar y disipar energía, no sólo la va a utilizar para aumenta su materia, sino también para dar nuevas formas a su materia, aumentando su complejidad, y para aumentar la diversidad de los individuos que lo integran; es decir,  utilizará la energía que incorpora para, disminuyendo su entropía, aumentar su acumulación de información, lo que le permitirá una mejor eficiencia en el aprovechamiento futuro de la energía y le dotará de unas mayores posibilidades de perdurar y de progresar en su “sucesión” histórica.

Estas consideraciones básicas del funcionamiento de los ecosistemas y de la teoría de la información han sido utilizadas con éxito para el abordaje de otras disciplinas. En particular,  cuna cuestión que puede interesar a muchos lectores es la relativa a la aplicación de estos conceptos al mundo del derecho. Si consideramos al derecho como un sistema abierto a la información, resulta que, al igual que los ecosistemas, presenta una gran dosis de indeterminación, lo que es necesario para adaptarse a las “perturbaciones externas” a las que está sometido. Una acabada teoría del derecho formulada a partir de la teoría general de sistemas, puede encontrarse, entre otros, en los trabajos del argentino Ernesto Grün[4].

Creo que, igualmente, pueden resultar de aplicación estos conceptos y formulaciones para el estudio de los sistemas y subsistemas que integran la Administración pública. Yo mismo he protagonizado algún intento de aplicación práctica de los mismos en mi trabajo como Vicesecretario General Técnico en distintos Ministerios:

En una de tantas tarde-noches en la Secretaría General Técnica del Ministerio, esperando a que salieran “los índices”[5] (no recuerdo ahora si esperábamos los índices del Consejo de Ministros, de la Comisión de Subsecretarios o de alguna Comisión Delegada del Gobierno), y especulando sobre su posible contenido, me vino la idea de que el contenido de los “índices negros, verdes, rojos y azules” era susceptible de análisis según la teoría de la información; y, en concreto de ser medidos utilizando el Índice de Shannon. Ello es así porque los “sucesos” individuales que podemos encontrar en los índices están taxativamente delimitados: son disposiciones normativas (reales decretos normativos, anteproyectos de Ley en “primera” o en “segunda” lectura), Instrumentos de derecho Internacional (autorización de la firma de un Tratado, Remisión a Cortes de un Tratado), Acuerdos de Consejo de Ministros (autorizaciones de suscripción de convenios de colaboración, autorizaciones de expedientes de contratación, medidas de gestión presupuestaria, aprobación de Planes de actuación), nombramientos, condecoraciones, y pocos más. Además, las probabilidades de que aparezca cada uno de ellos son fáciles de determinar a partir de la base de datos de la “comisión virtual” del Secretariado del Gobierno, que cuenta con varios años de registros.

En la aplicación de la Fórmula de Shannon en este caso, el logaritmo debería ser, preferentemente, de base 2, ya que sólo tenemos dos opciones: que se incluya o que no se incluya en el índice uno de estos actos administrativos o disposiciones generales. Me pareció, en suma, que un análisis de este tipo, utilizando herramientas de la teoría de la información y en particular el Índice de Shannon, nos permitiría hacer una valoración de la distribución de los asuntos que se aprueban en los Consejos de Ministros de una legislatura. Además, podría permitir cierto nivel de predicción, (para mayor tranquilidad o desasosiego semanal de los Vicesecretarios Generales Técnicos).

Contento con esta idea de explorar la utilización de este instrumento, se la transmití al Secretario General Técnico y al Subsecretario del Ministerio, en cuanto tuve ocasión. El Subsecretario me oyó sin escucharme y, peor aún, el Secretario General Técnico torció el gesto y me dijo: “Salvador, no conozco de nada al tal Shannon, pero sé que al Ministro –al que sí conozco bien- no le gusta nada que se hable de esas cosas”[6].

Bueno, vuelvo a lo que había empezado, que no es otra cosa que presentar metodologías e instrumentos que puedan ser útiles para diagnosticar cuál puede ser la “sucesión” que espera en el futuro a los distintos cuerpos y colectivos de funcionarios. Se trata de predecir si, dada la situación actual, la función pública tal como la conocemos será capaz de perdurar en el tiempo como un sistema eficiente, acumulando información a partir de la energía disponible en su entorno; o si, alternativamente, se encamina hacia una inevitable deriva entrópica y tenemos que augurar su desestructuración, su pérdida de relevancia y su dilución final en el medio… Bueno, para que el comité de redacción de la revista de la Asociación no incluya este artículo en la sección de “videncia y horóscopos”, creo que es más correcto decir que mi objetivo es, tan sólo, el señalar alguno de los elementos y funciones que, desde una perspectiva ecológica, pueden resultar cruciales en el curso que tome esa evolución futura de los empleados públicos.

Una vía de aproximación adecuada para este objetivo, válida con carácter general para  predecir el curso que seguirán distintos tipos de sistemas, físicos y biológicos, es el estudio de los fenómenos que se producen en sus interfases con otros sistemas. Así, por ejemplo, en el estudio de la célula (de su metabolismo, su diferenciación, o su reproducción), es crucial el conocimiento de la estructura y funcionamiento de sus membrana: de la membrana externa que actúa como interfase con su entorno, y de sus membranas interiores, que al delimitar el núcleo y los distintos orgánulos van a determinar su funcionamiento. También es de sobras conocido que en la economía internacional, los flujos de capital y recursos a través de las fronteras de los distintos bloques económicos (y de las fronteras internas de los mismos)[7] son determinantes del desarrollo o regresión de los pueblos. Podríamos citar otros muchos ejemplos…  Pero, ¿qué relación puede tener todo esto con el futuro de los empleados públicos?. Creo que bastante. Vamos a verlo a continuación, pero es necesaria, antes, una reflexión bíblica.

 

El Principio de San Mateo

Porque al que tiene mucho se le dará más y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, aún lo poco que tiene le será arrebatado”. Mateo 13:12 y 25:29


Esta desconcertante sentencia (“cuanto más tengo, más gano”), aparece en dos versículos del Evangelio atribuido a Mateo Leví (San Mateo) y en otro versículo (Mc, 4:25) del Evangelio atribuido a Juan, el que habitualmente era llamado Marcos (San Marcos
)[8].

Este Principio de San Mateo es frecuentemente empleado en ecología para explicar las interacciones que se producen entre ecosistemas que interactúan a través de cualquier interfase. Habitualmente, la transferencia de información se produce hacia el sistema que es más complejo (que está más organizado), mientras que el sistema menos estructurado tiende a empobrecerse aún más, hasta desaparecer o a ser absorbido por el ecosistema más complejo. Dicho de otra forma, los sistemas que a lo largo del tiempo han sido más eficientes en el uso de la energía y han adquirido así una organización más compleja (en tamaño, diversidad, etc.), tienen más tendencia a perpetuarse en sus interacciones con otros sistemas menos eficientes.

Este fenómeno, manifestación de las Leyes de la Termodinámica, ha llamado la atención a profesionales de otros ámbitos, como fue el caso del sociólogo americano Robert Merton[9] que indagó la aplicabilidad de este Principio en la historia de la ciencia. Posteriormente, el Principio de San Mateo ha interesado a un amplio conjunto de sociólogos y economistas que lo han utilizado como paradigma en distintos tipos de interacciones, como las relaciones comerciales internacionales, en las que la aplicación del Principio apuntaría a un progresivo e inexorable enriquecimiento de los países avanzados, asociado a un empobrecimiento igualmente inexorable de los países subdesarrollados.

Llevando, ahora, el Principio de San Mateo, al tema que nos ocupa, la cuestión esencial que se plantea es: ¿cómo se comportaran el colectivo de funcionarios públicos en sus futuras interacciones con otros profesionales no funcionarios que igualmente ofrezcan sus servicios a la Administración del Estado (podríamos considerar también las perspectivas de cada Cuerpo y de cada Administración pública, atendiendo a las interacciones entre cada uno de ellos, pero eso lo reservo para otra cuestión)?. ¿Cuáles son los elementos a los que habrían de atender los empleados públicos para maximizar su eficiencia y tener más posibilidades de beneficiarse con el Principio de San Mateo que de perecer por su mandato?.  Creo que, de acuerdo con la experiencia que nos da la teoría ecológica, para responder a estas preguntas hay que atender a dos variables: una de carácter interno y otra externa, que se inter-relacionan.

Así, el primer elemento a tener en cuenta, de carácter interno, es la diversidad. Es bien sabido que la biodiversidad es resultado e indicador de un ecosistema maduro. A mayor biodiversidad, mayor capacidad y eficiencia en la asimilación de la energía externa. Igualmente, en los sistemas sociales, si la diversidad es reducida, las posibilidades de que una  estructura social se mantenga en el tiempo quedan seriamente limitadas. En nuestro caso, si los empleados públicos apuestan por su diversidad como colectivo, frente a las singularidades de cada Cuerpo específico, estarían optando por una solución ventajosa para todos. Sin embargo, esto ha de relativizarse en relación con otro aspecto  que en la práctica limita la ventaja que da la diversidad: se trata de las dificultades que pueden surgir para mantener una interrelación eficaz entre los diversos integrantes de un sistema en casos de una elevada diversidad del mismo. Es lo que se conoce como “conectancia”: a mayor diversidad en un sistema (especialmente en un sistema social), más dificultades para mantener la conectancia entre sus integrantes, con lo que la ventaja teórica de la mayor diversidad no llega a traducirse en un mayor flujo de información.

El segundo elemento que ha de considerarse es externo. Más concretamente, la capacidad del sistema de incorporar energía externa. Una imagen habitual de los fenómenos biológicos (como la fotosíntesis, los propios organismos vivos, o los ecosistemas), extendible a otros sistemas, es la que los considera como una integración de dos procesos acoplados: uno de captación y disipación de energía, y otro de recuperación de esa energía (la diferencia entre la que se capta y la que se disipa) y su utilización en la generación de estructura y acumulación de información (creación de forma, aumento de la auto-organización, generación de diversidad). Está fuera de toda duda que los empleados públicos no podemos realizar fotosíntesis, por lo que no podemos confiar en que será suficiente con que nos tumbemos al sol para ir acumulando energía externa. Va a ser que no. Afortunadamente, el tipo de “energía externa” del que nos nutrimos y sus mecanismos de captación son de otra naturaleza.

En varios estudios realizados en distintos sistemas de salud públicos de los países occidentales[10], se ha contrastado que los médicos que obtienen mejores resultados en su desempeño clínico son los médicos residentes. Posteriormente (y salvo en el caso de los cirujanos), los resultados van declinando. Las explicaciones a este fenómeno apuntan a que en los años de residencia se produce una combinación “mágica” de formación y estudio mantenido, de práctica intensiva y de trabajo diario sometido a la crítica de los adjuntos y jefes de servicio. Cuando los médicos salen del circuito de formación -lo que aquí conocemos como el “MIR”-, entran en una fase en la que su trabajo ya no se ve sometido a la presión diaria de la exposición pública y de la crítica; además, la formación se va olvidando lentamente, sin que el reciclaje sea suficiente para reponer lo que se va perdiendo; por último, la experiencia práctica va tendiendo a acomodarse a la reiteración de unos patrones y pautas limitados.

A esta combinación de factores determinantes del rendimiento (estudio, trabajo sometido a crítica y práctica extensiva) es a lo que vamos a denominar “Proceso Formativo” (PF). Es, precisamente, con el PF con lo que, creo, podemos identificar a la “energía externa” que se incorpora al sistema. Estoy convencido de que estos resultados con los médicos de los sistemas públicos son extrapolables al conjunto de los funcionarios públicos.

La captación de la “energía externa” a través del proceso formativo (PF) de cada uno de sus miembros va a incidir sobre el sistema constituido por el conjunto de los funcionarios públicos, con su variabilidad y su conectancia. Una conectancia adecuada permitirá que el PF no tenga un efecto meramente local, limitado a cada funcionario concreto, sino que se distribuya adecuadamente por todo el sistema, por todo el conjunto de servidores públicos. Esta reacción de todo el sistema ante una aportación externa es lo que la teoría ecológica denomina “covarianza” (C) (se define a la covarianza como el grado de respuesta de todos los reactantes ante una perturbación externa puntualmente localizada).

Quiero terminar esta digresión con una propuesta bien concreta: una fórmula[11] . Se trata de la fórmula que permite predecir el éxito (E) o el fracaso futuro de los funcionarios públicos:

    E = PF x lnC

                  
E = Éxito

PF = Proceso Formativo
C = Covarianza    

 

A MODO DE CONCLUSIÓN 

Con frecuencia leemos o escuchamos argumentos, cargados de razón, sobre la necesidad de una función pública profesionalizada y sobre el papel indispensable de sus profesionales en la vertebración de las Administraciones públicas y en el ejercicio en las mismas de las funciones de planificación y ejecución. Casi siempre, las argumentaciones se basan en consideraciones jurídicas y éticas. Pero, por muy cargadas de razón que estén estas argumentaciones, por mucha objetividad, neutralidad y servicio público que se incluya en las mismas, puede que, al final, acaben convirtiéndose en meros entretenimientos teóricos, como la Paradoja de Russell. Sin embargo, lo que creo que no puede ignorarse es que el futuro de los funcionarios públicos va a estar sometido, inexorablemente, a las leyes de la termodinámica, a su capacidad de soportar perturbaciones externas (y nos esperan tiempos de grandes perturbaciones) y de desarrollar  interfases provechosas en las relaciones entre los distintos cuerpos de funcionarios de las distintas Administraciones públicas.  

Es necesario, por tanto, a mi juicio, prestar la mayor atención a los factores que pueden tener una mayor trascendencia, según las ecuaciones termodinámicas. Me refiero, como he expuesto, a  los procesos formativos y a la necesidad de mantener una “conectancia” continuada y de calidad entre un colectivo con tanta diversidad como es el de los empleados públicos. Por ello, abusando de vuestra paciencia, y con el permiso de la Autoridad competente[12], voy a terminar entonando lo que, creo, debe de ser el “mantra del funcionario público eficiente”:

  

¡Formación!, ¡Conectancia!, ¡Interdisciplinariedad!, ¡Om!, ¡Om!, ¡Om!.

 

 

 


[1]  Sí, el gran Bertrand Russell, matemático, filósofo, intelectual pacifista y activista social, cuya impronta ha sido determinante en el pensamiento de varias generaciones. Sólo puedo recomendar aquí, para quienes no estén familiarizados con su figura, una visita al perfil del personaje recogido en wikipedia. Con una lectura del mismo, no sólo puede obtenerse una visión suficiente de la obra de Bertrand Russell; sino, también, a través del personaje, una buena visión panorámica de los principales elementos del paisaje por el que han transcurrido la historia y el pensamiento del siglo XX.

[2] Consideremos el conjunto cuyos elementos son todos los funcionarios de la Administración pública. Evidentemente, el propio conjunto en sí no es un funcionario y, por tanto, el conjunto en sí no es un elemento de sí mismo. Los conjuntos que cumplan esa condición (que no son elementos del propio conjunto) se denominan conjuntos normales.

Existen también conjuntos que se contienen a sí mismos. Por ejemplo, si consideramos el conjunto de todos los objetos matemáticos, se tiene que el propio conjunto es un objeto matemático, y por tanto es elemento de sí mismo. O el conjunto de todas las personas que no son funcionarios. Se ve claramente que el conjunto no es un funcionario, y, por tanto, es un elemento de sí mismo. A estos conjuntos (los que sí se contienen a sí mismos como elementos) se les denominó conjuntos singulares. Estas categorías son exhaustivas y excluyentes: todo conjunto que podamos formar es normal o es singular. Sólo puede ser de uno de los dos tipos.

Consideremos ahora el conjunto cuyos elementos son todos los conjuntos normales que se pueden formar. Llamemos a ese conjunto F. Si F es normal estará en F, por ser F el conjunto de todos los conjuntos normales. Pero, a la vez, por ser F normal, no puede contenerse a sí mismo como elemento (según la definición de conjunto normal), y por tanto F no pertenece a F. ¡Resulta que F tiene que estar en F, pero F no puede estar en F!....

Supongamos ahora la otra opción posible: si F no es un conjunto normal, como se deduciría del enunciado anterior, entonces tiene que ser singular. Pero, si es singular, por definición F no pertenece a F. Pero, en tal caso, si F no es un elemento de sí mismo cumple con la definición de conjunto normal, y por tanto F sería normal, es decir, F pertenecería a F.

En resumen, si el conjunto F pertenece a F, podemos demostrar que F no pertenece a F, y viceversa. ¡Vaya paradoja! 

[3]

En la fórmula del Indice de Shannon (H'), i representa cada uno de los elementos considerados (letras, palabras, oraciones, etc.), S el número total de elementos existentes (cuando S se refiere a las especies de un ecosistema, es equivalente a la riqueza de especies en el mismo) y Pi representa la probabilidad de encontrar cada uno de esos elementos.

[4] Ernesto Grün; “El derecho posmoderno, un sistema lejos del equilibrio”; DOXA 21-II-1998 y “Una visión sistemática y cibernética del derecho”; Ed. Abeledo Perrot, 1995. 

[5] “Los índices” son los órdenes del día de los asuntos que van a ser sometidos a cada Consejo de Ministros (“índice verde” e “índice rojo”), a la Comisión General de Secretarios de Estado y Subsecretarios (“índice negro”), o a otras Comisiones Delegadas del Gobierno (como es el “índice azul” de la Comisión Delegada del Gobierno para Asuntos Económicos). En cuanto el Secretariado del Gobierno del Ministerio de Presidencia (o equivalente) saca los índices, las Vicesecretarías Generales Técnicas de cada Ministerio se lanzan a una frenética actividad para preparar a los Ministros o Subsecretarios las carpetas correspondientes, con sus notas informativas y documentación sobre cada uno de los asuntos incluidos en los índices.

[6] Desde mi época en el Ministerio de Sanidad, he despachado con un total de 17 Secretarios Generales Técnicos, por lo que no debe de llegarse a ninguna conclusión precipitada sobre la identidad del aludido (sólo diré que no era TAC). Mucho más precipitada aún, sería, por supuesto, cualquier generalización que atribuyese indiscriminadamente un espíritu refractario a la innovación a todos los Secretarios Generales Técnicos que no son TACS. 

[7] Creo que la Directiva 2006/123/CE del Parlamento Europeo y del Consejo  (Directiva de Servicios), que tiene mucho que ver con la desaparición de fronteras económicas interiores en la UE tiene mucho que ver con las Leyes de la Termodinámica. 

[8] Es por ello que algunos autores se refieren al mismo como “Principio de San Marcos”. La reiteración con que aparece en el Evangelio atribuido a San Mateo y el hecho de que, en su contexto histórico, podríamos considerar a Mateo evangelista como un “funcionario público” me ha llevado a optar por la denominación empleada. 

[9] Robert K. Merton (1910-2003), en “The sociology of science”, 1973. Así, por ejemplo, analiza como, aunque la teoría de la evolución debe tanto a Darwin como a Wallace, el conocimiento de las aportaciones de Wallace, prácticamente se ha perdido, “engullido” por la fama de Darwin.

[10] Una Buena revision al respecto puede encontrarse en “Assessing the professional performance of UK doctors: an evaluation of the utility of the General Medical Council patient and colleague questionnaires”; J L Campbell, S H Richards, A Dickens, M Greco, A Narayanan, S Brearley;  Qual Saf Health Care 2008;17:187-193. 

[11] Obviamente, se trata sólo de una expresión intuitiva, que se incluye para hacer más sintéticos los conceptos expuestos. En cualquier caso, las modalidades de covarianza que pueden producirse parecen tan numerosas que aconsejarían usar, en su medición, una escala logarítmica.

[12] La referencia a la “Autoridad competente” no presupone que ésta sea comunitaria, estatal, autonómica o local: habrá de estarse, al respecto, al correspondiente informe “24.3” del Ministerio de Política Territorial y al superior criterio del Tribunal Constitucional y de los Tribunales Internacionales.

 

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